El último populista

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Ernesto Laclau falleció el pasado domingo 13 de abril. La influencia de su pensamiento político es tan vasta como controversial. Laclau perteneció a una generación de filósofos que ha levantado a la izquierda radical de la lona luego de la caída del socialismo real. Sin embargo, a diferencia de sus colegas como Slavoj Žižek, Judith Butler, Simon Critchley, Hart y Negri, entre otros, el pensamiento de Laclau se coló hasta los palacios presidenciales de varios países, lo que nos proporciona una ventana para evaluar algunas de sus teorías “en el terreno”.

En 1986, Chantal Mouffe y Ernesto Laclau conmocionaron a los teóricos de la izquierda occidental con la publicación del libro “Hegemonía y Estrategia Socialista”. Desde entonces se han escrito ríos de tinta sobre la influencia de la obra y el surgimiento del llamado “post-marxismo”, término sobre cuyo significado nadie se ha puesto de acuerdo, pero lo que perdura es el efecto liberador que tuvieron sus postulados. A través de una minuciosa reelaboración de la vieja tradición centrada en el concepto de “hegemonía”, y su énfasis en la construcción contingente de la unidad popular, los autores no solo sellaron la tumba del determinismo estructuralista, sino que abolieron las jerarquías entre distintos sujetos sociales con base en su mayor o menor “calidad revolucionaria”.

Vale la pena detenerse un momento en este aspecto. Las teorías que deducían la existencia de “sujetos revolucionarios” a partir de su posición “objetiva” de clase: los obreros de tal o cual sector “estratégico” de la economía, el campesinado sin tierra de las naciones preindustriales, etcétera, vivían una crisis terminal por la falta de correspondencia entre la expectativa teórica y la práctica política real de sus sujetos de análisis. Al mismo tiempo, los “nuevos movimientos sociales” de los años 60 y 70 carecían de un sólido andamiaje teórico que les permitiera trascender de sus reivindicaciones particulares (feminismo, antirracismo, ecologismo) hacia una visión emancipadora. En este panorama, “Hegemonía y Estrategia Socialista” llegó elegantemente a ocupar el vacío.

La remoción de todo anclaje ontológico significó que ninguna posición de clase determinaba la predisposición o imposibilidad de constituirse como eje de una coalición revolucionaria, abriendo la puerta a actores disímbolos e incluso previamente marginados por el discurso de izquierda (recuérdense los “sacos de papas” campesinos y la canalla lumpenproletaria de Marx, los intelectuales del maoísmo y demás). De igual forma, la elaboración teórica de la construcción del bloque popular contrahegemónico, implica un punto de partida caracterizado por la multiplicidad de posturas, demandas y actores enfrentados al poder, así como un proceso que incluye momentos de vinculación horizontal y otros de preponderancia de actores centrales.

Esta reivindicación del pluralismo y la construcción democrática del bloque popular es lo que se suele dejar de lado cuando se analizan los detalles e implicaciones de la teoría del populismo que Laclau terminó de pulir a mediados de la década pasada. Bien sabido es que en la teoría laclauiana, el populismo no es un estilo de gobernar, un contenido concreto de ciertas políticas públicas, una ideología ni un programa de gobierno. Es una lógica de construcción de la identidad política basada en tres momentos: 1) la emergencia de demandas (que Laclau llama “democráticas”) cuya característica principal es su exclusión sistemática por parte de los actores en el poder; 2) la articulación horizontal de las demandas así excluidas, lo cual las dota de la doble característica de ser diferenciadas en su contenido y equivalentes entre sí; y 3) el momento de emergencia de una demanda hegemónica que cementa la articulación del momento anterior y señala la emergencia de un bloque irreductiblemente antagónico frente al poder.

Este último momento del andamiaje teórico populista de Laclau es el que presenta las aristas más problemáticas para el liberalismo, los teóricos de la democracia deliberativa, los autonomistas de izquierda, y otras posturas. A fin de cuentas, lo que Laclau describe es una situación de dos bloques antagónicos mutuamente excluyentes: el pueblo vs el anti-pueblo, independientemente de quien esté en el poder, no solo incapaces de llevar a cabo una conciliación, sino teóricamente imposibilitados para intentarlo siquiera. La acción propiamente política en esta perspectiva no se plantea el acercamiento entre los bloques, sino la reconfiguración permanente de la frontera entre ambos, de modo que ciertos grupos pueden quedar de un lado o de otro según las circunstancias.

Respecto a esto, vale mucho la pena leer la crítica del libro (“La razón populista”) de Laclau a cargo de Jesús Silva-Herzog Márquez. Su punto central es, en mi opinión, el señalamiento de que a pesar del intento de Laclau de conferir respetabilidad al populismo al envolverlo en el denso lenguaje de la teoría lacaniana y otras, al final tenemos la misma gata pero revolcada: el mismo populismo de “plazas llenas, puños duros y caudillos efusivos” que tan bien conocemos en América Latina.

Me parece, sin embargo, que la crítica del populismo de Laclau debe incluir el análisis de sus constantes precisiones y profundizaciones a través de sus columnas en la prensa y debates intelectuales, algunos de los cuales pueden verse en el diario argentino La Nación. A partir de ello queda claro que “La razón populista” es la descripción de un tipo ideal o “puro”, como el propio libro aclara, que no existe en la realidad. Lo que existe en la realidad, lo que hace tan relevante su teoría, es la promiscua interacción de las instituciones y prácticas de la democracia realmente existente con varios elementos de la lógica populista de construcción de identidades colectivas. Laclau señaló que la democracia, sin una dosis de antagonismo –regulado, acotado–deviene una insípida tecnocracia que termina por ignorar contradicciones y exclusiones reales en la sociedad, con graves consecuencias a futuro. Con toda elocuencia describió cómo hasta en las sociedades aparentemente más refractarias al populismo se han producido grandes movilizaciones con elementos populistas claramente discernibles que revitalizaron las instituciones democráticas que parecían cooptadas para siempre por intereses económicos (como Estados Unidos durante la era de los barones ferrocarrileros).

Es en esas interacciones entre actores imbuidos de una lógica populista y las instituciones formales de la democracia, algo que está en marcha desde hace tiempo en países como Argentina y Venezuela, donde pueden ubicarse los debates contemporáneos sobre la teoría de Laclau, así como las lecciones para otros países, como México, donde los intentos de crear esos bloques populares que prevé la teoría no han levantado mucho el vuelo. Ese es quizá el mejor homenaje que se le puede ofrecer.