Sin la desconsolada distancia (Carta urgente a Blanca Wiethüchter)

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Sólo una caída podrá llevarme
al sitio donde sé que no te encuentras
porque no es en el agua, no,
ni en la ceniza donde bostezan las esencias
ni en la piedra, ni en la vértebra,
ni en la astilla cayendo de los ojos.
Yo te encuentro entre retamas al caer las cinco de la tarde
con marraqueta y ganas de hacer cosas imprecisas
en la puerta abierta, en un jardín sin flores ni orden
en la palabra “maravilla”,
en la paradoja del “maltratarse bien”.

Tú mi primera muerta.
Mi siempreviva, mi madre en los mandalas
tú mi nunca compañera de viaje pero siempre camino
y pregunta
y pausa.

Yo te encuentro en mi hoy luminoso
ese que supimos conjurar desde ningún espejo.
Qué haré con tus niñas para seguirte amando de otro modo
con los ojos de tus nietas mirando con tu mirada
qué haré para que leas estas palabras y corrijas el acento
o el tropiezo
y todavía me digas la vida con tus versos.

Hubieras bailado de inquietud con las cotidianas
fundaciones del país
hubieras visto azorada cómo el verde se ha vuelto más
color que nunca
y todo amenaza con frontera permanente.
Hubieras llorado filos y desborde en ponchos rojos
viendo las lenguas secretas que tú oías ser un poder que
todavía
no tuerce líneas ni anuda mundos.

Alguien
alguien todavía esgrime una piedra contra todos los
tanques
alguien espera las comunidades que creían en el encuentro
sin carretera, sin niñas rematadas en los caminos de la
pobreza…

Yo te oigo reír sin preguntarte más por el camino
imaginándote en Orión, como querías,
cómo se verá la vida desde tu poderosa muerte
con qué piezas el ajedrez, ahora, de constelación en
constelación
torciendo el brazo al destino de la distancia.
Te quería contar que no funcionó lo de los poetas
en las calles,
aparecieron tus poemas con dibujos para niños,
hubo nieve en La Paz, hace poco tiempo, después
de veintitantos…
y Tiahuanacu renacido en ceremonia de piedras
y mandatos
y aquella vez en que sí pasó lo que nunca…
y todos creímos en un giro de destino
y todos oramos a un dios inaugural
pero, ya sabes, aquí siempre es el casi, el por poco pasa,
el aún se espera.

En un cajón dormita tu novela inconclusa
en una hora antes de clarear espera un país su resistencia
y aún con el no-saber de siempre una se levanta con certezas o sin ellas, una sale a las calles sorprendidas por renovadas quejas y atraviesa nuestro barrio Los Pinos y se descuelga por avenidas y por pendientes y ya llegando a la Católica (donde una oficina todavía guarda tu perfume) o a la umsa donde tu vocación de ser de este país se nos aparece a cada uno en el alma… y sigues faltando, tú, y nos queda tu voz solamente desde un disco armado por vos…
qué sobrevivencia nos dejaste,
hablándonos tan de cara al amor, de cara a la muerte…

Haces falta por todas las ventanas donde el viento cala
este invierno más que cualquiera
mientras tu palabra me dicta ecos póstumos.

Lámpara y lágrima se unen amorosamente
murmurando por fin la palabra encuentro, la palabra
alianza,
qué página tan blanca ésta de tu nombre
y qué tinta tan poca cosa la que ahora mismo
no logra darte cuerpo
para abrazarte un rato siquiera y hablar de tantas cosas.

Buscando qué fuego nos acompañas
iluminándonos con palabra valiente
esta apariencia de puente, multiplicada voz de plural alma.

En este sitio, ¿te acuerdas?, se mira hacia abajo,
las estrellas anidan a ras de tierra
en ese bajar de ojos te sorprende la ciudad
que ha empezado a tener jardines
los cerros que siguen siendo decapitados, cómo te dolía eso!
El germen de todas tus palabras, la generosidad
de tu casa abierta,
el amparo de tu silencio
todo hilvana invisibles hilos de amistad y de cariño
mientras te escribo con la premura de no saber
qué distancia atravesar hacia ti.

La Lagarta pide que te mande un cubo y un fantasma
que dejaste olvidados
−ahí van−
Los Tarántulos, en cambio, comedidos
hilan que te hilan puentes de mar hacia ti
Circe ha cuidado bien de Ulises, no lo dudes
y la más pequeña de tus hijas planea llenar el mundo
con flores

Ah, te pido, salúdame a Chavela que partió hace poco,
no se te vaya a ocurrir cantar rancheras, a estas alturas,
y a Marosa, y al Jaime que seguro has vuelto a ver,
y al Jesús reciénvenido en esos valles.
Dejo para esos afanes la ventana abierta al parque
y me parece oír cómo se aleja el desierto y su sed.
La vida vertida en verbo.

Y todavía tu risa en estas tardes de papeleo.
Será acaso por las mujeres entintadas de verde,
ésas del último rigor del alma, otra vez
batallando contra nuestras ferocidades más íntimas.
Serán acaso los temblores de final sin útero y de para qué
una escribe
que han entrado en mi casa.
Serán los migrantes volviendo al país sin la certeza
de Penélope alguna
ahora que Ítaca misma ha viajado lejos de su morada.
O serán los amigos que cuando callan te solicitan
alrededor de una mesa generosa
y el hambre colosal con que nos falta tu palabra,
acaso estos arrogantes diccionarios donde una se refugia
y ya no alcanza su cobijo
o la insistencia del jardinero que ha vuelto a señalar
la propensión al hueco,
en esta tierra que aún aguarda su ofrenda.

Por favor no dejes de dar noticias
encendiendo fulgores o volteando las hojas
invención de señales que a veces conjuran
la melancolía de extrañarte
esta noche y con los amigos, un poco más de lo habitual.

Tu amiga Mónica Velásquez


Octubre de 2012-octubre de 2013