Camus, el rebelde incansable

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Albert Camus se movió siempre en una zona pantanosa. Le importaba pelear por la dignidad del hombre, quería un mundo más justo, le sublevaba que se impusieran los más poderosos sobre los más débiles y conocía de primera mano la pobreza (y lo que esta significa). Pero, por otro lado, se había asomado al precipicio y era consciente de que las criaturas humanas son impredecibles: caprichosas, arbitrarias, atravesadas por multitud de sombras, medio extraviadas, intratables. El inmenso absurdo de una vida llena de posibilidades que se ve, sin embargo, abocada al fracaso, fue su principal obsesión.

En El extranjero volcó sobre todo las tinieblas. Un tipo mata a otro en medio de un calor agobiante y ni siquiera se molesta en defenderse cuando es conducido a juicio. “Relato: el hombre que no quiere justificarse. Prefiere la idea que nos hacemos de él. Muere, único en tener conciencia de su verdad. —Vanidad de ese consuelo”, apuntó en uno de sus cuadernos cuando tuvo la idea de la novela.

La peste, en cambio, es otra cosa. No es que no salgan las complicaciones de sus personajes, es que lo que subraya ahí es la necesidad de librar una batalla contra la catástrofe (la II Guerra Mundial), de no aceptarla, de encontrar razones contra la “necedad universal”, la “cobardía sanguinaria”, “la ingenuidad criminal que cree aún que la sangre puede resolver los problemas humanos”.

Sus dos novelas más conocidas resumen, así, la envergadura de su desafío. Urge luchar por la justicia, pero sepamos que estamos repletos de contradicciones, a veces irresolubles. Su maestro, Jean Grenier, le comentó a propósito del comunismo: “Toda la cuestión cabe en lo siguiente: ¿por un ideal de justicia hay que aprobar necedades?”

Camus, que era entonces comunista, salvó el escollo aludiendo a la hermosura y la honestidad. Pero poco después abandonó el partido, aunque siguiera defendiendo, frente a las consignas, la rebeldía como una empresa común frente a cualquier opresión. Es esa actitud la que lo mantiene vivo: que Francia no haya logrado montar el gran homenaje nacional al cumplirse su centenario no parece ningún azar. Camus ha conseguido seguir sorteando los embelecos del poder y mantener su radical independencia.