Juan Goytisolo, la tradición del autor radical

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http://www.escritopara.es/blog/wp-content/uploads/2010/11/IFT_Juan_Goytisolo.jpg-2.jpgTodos los grandes escritores crean un mito de origen, un mundo propio y su propia genealogía. Ese momento crucial en la vida, esa génesis que lo provocó todo, en el caso de Juan Goytisolo es muy tardío. Si lo normal es que el big bang ocurra en la juventud, en su caso sucede en la edad adulta. Cuando ya había publicado nueve novelas y libros de relatos, todos más o menos emparentados con el realismo social, el escritor no sólo se cayó del caballo: también lo hizo de su pareja y del continente europeo. No fue una caída drástica, sino un proceso que duró varios años. Aunque se había enamorado sinceramente de la novelista francesa Monique Lange, aceptó finalmente su homosexualidad. Aunque se había exiliado voluntariamente en París, decidió seguir una vieja pulsión y explorar el norte africano. Y aunque se había consagrado como autor emergente español gracias a su compromiso político y literario con la denuncia de la miseria y del régimen dictatorial, optó por cambiar de rumbo, experimentar, romper, reconstruir, volverse heredero de la gran novela internacional, y no de la pequeña novela local. Ser hijo de Cervantes, Leopoldo Alas “Clarín”, James Joyce, de Las mil y una noches .

El rechazo de lo tradicional, por tanto, se dio a todos los niveles: familia, patria, obra. Se fue separando de Lange, se fue distanciando de su poder en la editorial Gallimard, escribió Señas de identidad (1966) como proceso catártico (examen de conciencia, inicio de la deconstrucción de España, hibridación de memoria y ficción) y finalmente se instaló en Tánger, desde cuya orilla pudo concebir y redactar Reivindicación del conde don Julián , una de las obras más radicales jamás escritas en castellano, un castellano que se abre al francés, al inglés, al árabe, porque rechazar la España franquista significa abrirse a sus dimensiones judías y musulmanas, a todo aquello que proscribió el imperialismo ibérico.

Por eso, en paralelo fue encontrando en la lectura de San Juan de la Cruz, Fernando de Rojas, Mateo Alemán, Blanco White, Luis Cernuda o Américo Castro la inspiración poética, novelística y teórica. Rechazar lo tradicional no significa hacer lo propio con la tradición.

Para Américo Castro la historia de España está atravesada por la división en castas –los cristianos viejos y los cristianos nuevos– que se mantiene hasta el siglo XIX. A partir de la lectura de sus libros de historia y del trato epistolar, Goytisolo llega a su formulación del hispano-escepticismo, una máquina de leer a los disidentes, a los desviados, a quienes desconfiaron del discurso hegemónico, colonial, católico, heterosexual.

El caso de Castro es sumamente interesante en términos de uso político y literario de un material compartido, porque también se acercó al exiliado republicano quien tal vez sea el antagonista literario por excelencia de Goytisolo, el premio Nobel Camilo José Cela. Lo que en Cela fue una apropiación indebida, pues su pensamiento era más bien el de un cristiano viejo que el de un judeo-converso, en el autor de Juan sin Tierra (1975) es el reconocimiento de un espejo, de un hermano. El punto de partida para un diálogo con otras tradiciones (sobre todo la francesa, la inglesa y la rusa) y con otros contemporáneos (Julián Ríos, Jean Genet, José Angel Valente, Andrés Sánchez Robayna o Carlos Fuentes).

Cuando muere Franco, en 1975, Goytisolo ya está instalado en Marraquech, una ciudad igual o más importante en su imaginario que Barcelona o París, y la conversación –sin un enemigo ya claro– se universaliza. En Paisajes después de la batalla (1982), la lectura de Walter Benjamin conduce a una interpretación libre del Berlín mestizo, en el contexto del lento fin de la guerra fría; en Las virtudes del pájaro solitario (1988) el interlocutor es la mística de Ibn Arabi; y en La saga de los Marx (1993), el filósofo alemán en su etapa londinense se confunde (puro zapping) con la enloquecida y no obstante fértil televisión. Simultáneamente viajó por todo el mundo árabe, escribió sobre Turquía, fue un particular corresponsal de guerra o convivió con Susan Sontag en un Sarajevo asediado por las bombas, entre otras prácticas vitales y textuales que se pueden reseguir en sus libros de periodismo y de viajes.

En Coto vedado (1985), su atrevidísimo libro de memorias, reconstruye ese momento crucial de ruptura de finales de los años 60. Recuerda que Monique Lange le recriminó que “me haya interesado únicamente a lo largo de la vida por hombres analfabetos o de instrucción tosca y primaria”, y añade: “La observación es acertada en la medida en que la sexualidad se alimenta de emociones, fantasmas e ideas”. Eso nos conduce a un hecho: cómo Juan Goytisolo ha ido explorando durante cincuenta años de carrera los nudos de la literatura del siglo XXI. Esa autobiografía descarnada se inscribe en una zona de confesión cruda, totalmente ajena al pudor hispanoamericano, que en los últimos años hemos visto en la obra de Emmanuel Carrère o Karl Ove Knausgård. Su vida también se ha entremezclado siempre con la ficción: incluso jugó, en El sitio de los sitios (1995), con la idea narrativa de la autodestrucción que después encontramos en Michel Houellebecq o J. M. Coetzee. Se trata de libros casi siempre breves, sin voluntad monumental, un continuum que recuerda al de César Aira o Patrick Modiano. Con el contrapunto constante entre crítica y ficción que vemos en las poéticas de Cristina Rivera Garza o Ricardo Piglia: casi todas las novelas o libros de viajes de Goytisolo se publicaron en las cercanías de un volumen de ensayos que exploraba teóricamente la obra creativa –y que preparaba al lector para su recepción.

Hace tiempo que los premios internacionales –primero europeos, después americanos–, la complicidad con Susan Sontag, Günter Grass u Orhan Pamuk, o la edición de sus obras completas en la consagratoria colección de Galaxia Gutenberg, habían reconocido la importancia de Juan Goytisolo en la literatura. En España esa conciencia es reciente. En 2008 ganó el Nacional de las Letras Españolas; en 2012, el Formentor; ahora, el Cervantes. Nadie es profeta en su tierra, y menos todavía Juan Sin Tierra, pero finalmente en este país desde donde escribo se han dado cuenta de que es una figura absolutamente necesaria. Y, sobre todo, bifronte: capaz de releer el pasado al mismo tiempo que genera futuro.