Juan Domingo, en la estirpe de los espías

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Antes de que Juan Domingo Perón fuera Perón y con el grado de mayor, hizo de fisgón de algunos secretos en Chile, adonde fue enviado en 1937 como agregado militar. Desde ese sitio organizó una red de informantes con chilenos y argentinos, que el periodista Adrián Pignatelli investigó con papeles secretos de ambos lados de la cordillera y fructificó en el libro El espía Juan Domingo Perón (Vergara).

Perón era conocido en Santiago como Che Panimávida (Panimávida era un agua mineral que el mayor bebía en cantidades). A poco de conformarse la red, fue infiltrada por la policía, que dejó que los suyos le hicieran el juego. El escándalo estalló no con Perón, que fue llamado a Buenos Aires, sino en las manos de su sucesor en la agregaduría, el entonces teniente coronel Eduardo Lonardi, que incluso fue brevemente detenido y luego declarado persona non grata . Una operación berreta.

El espionaje es tan viejo como el género humano que con el tiempo se ha ido sofisticando. Los egipcios enviaban mercaderes a visitar otras tierras para que nutrieran a sus soberanos de informaciones sobre la vida de sus vecinos. De aquellos papiros con informes encriptados, trasiego de documentos (el cardenal Richelieu estuvo a sueldo de los zares rusos), las fotografías furtivas de unidades militares o de papeles secretos, informes detallados sobre las personalidades de un gobierno, sobre todo sus debilidades y mucho más, producto casi siempre de individuos o de un pequeño equipo, se están convirtiendo en temas de leyenda cuando entidades como la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) puede coordinar el control de cualquier llamada telefónica o el movimiento de cualquier red social y mucho más, algo que arroja a la historia de la antigüedad el trabajo de los espías. Más aún desde que el hombre puso satélites en el espacio cargados con máquinas inteligentes, muchas necesidades de las grandes potencias se han cubierto sin que un fisgón logre hacerse de documentación ultrasecreta. Los drones no son solamente máquinas sofisticadas de matar sino ojos escrutadores de todo lo que se mueve debajo de árboles, cadenas montañosas o grandes espejos de agua.

El mundo del espionaje no es en los últimos tiempos sólo militar o político-económico sino preeminentemente industrial, sobre reservas estratégicas, políticas ecológicas: en todo caso el hombre o mujer analista se convierte en insoslayable para poder interpretar millones de datos dispersos. Ningún país escapa de tener personal especializado en inteligencia, interna o externa. El propio Pignatelli contó en otro libro, El traidor , el caso de1 mayor del Ejército argentino, Guillermo Mac Hannaford, quien se acusó de entregar documentación clasificada a Bolivia y fue condenado por ello.

El 3 de julio de 1956, el gobierno argentino declaró persona no grata al agregado naval soviético, capitán de corbeta Alexandre Morozov. Según el Daily News de Nueva York, el marino soviético fue “sorprendido cuando trataba de comprar secretos navales de los EE.UU.”. El despacho señalaba que el capitán ofreció a un marino argentino “cinco mil dólares por un documento sobre tácticas submarinas. Este documento había sido entregado a la Armada argentina por la misión naval estadounidense”.

Cuando Julián Assange irrumpió revelando los mensajes cifrados de las embajadas norteamericanas en casi todo el mundo, el trabajo de análisis político de los diplomáticos quedó al desnudo. Ese enorme paquete no incluyo informes de espionaje porque habitualmente estos trabajan al margen de las embajadas (sistema que se repitió en todos los casos y países), aunque tales topos tenían o tienen un contacto con alguien en la embajada. Con sus revelaciones Edward Snowden, analista de la NSA, puso en jaque el nuevo sistema de fisgoneo, el sofisticado y casi invisible, colocando negro sobre blanco como toda la humanidad está controlada por los servicios secretos estadounidense.

En realidad la NSA llevó a escala planetaria el trabajo de larga data del FBI sobre la población de su país, faena desplegada por otros servicios secretos en otros estados, como en su momento lo hicieron (lo hacen bajo otras formas), la KGB, la Stassi y otros.

Desde que surgió el Estado soviético, las agencias de inteligencia de los EE.UU. intentaron saber los secretos del Kremlin. El hombre más exitoso en analizar lo que verdaderamente pensaban en Moscú, Pekín y hasta La Habana y Hanoi, fue el espía Morris Childs, reclutado por el FBI de las filas del PC de los EE.UU. Childs era el responsable de la política exterior de su organización y por su inteligencia y habilidad había despertado la confianza de los líderes del PCUS. El no transmitió secretos militares, no estaban a su alcance, pero sí anticipó en años que estallaría un conflicto entre Moscú y Pekín, conclusión a la que arribó conversando con Nikita Jruschov y con Mao Ze Dong, por separado. Avisó, por una conversación en La Habana con el dirigente comunista Aníbal Escalante, que los cubanos sabían lo que sería la invasión de Bahía de los Cochinos y numerosos informes más. En los 80 fue condecorado por Ronald Reagan.

La URSS hizo lo suyo reclutando a nombres como Kim Philby, que era nada menos que jefe de contrainteligencia británica que se instaló en Washington, donde llegó a saber los nombres de los espías estadounidenses en la URSS. Philby llevó consigo al llamado grupo de Cambridge que llegó a poner ministros en Londres.

Acaso el espía soviético más audaz, pero no al estilo James Bond, haya sido el comunista alemán Richard Sorge, que era periodista, que fingió ser nazi y que logró ser enviado a Tokio como corresponsal. Allí hizo íntima amistad con el embajador hitleriano y con su mujer, a la que convirtió en su amante.

Llegó a tener acceso, furtivamente, a la caja fuerte del embajador, y así se enteró de la fecha de inicio de la operación Barbarroja, el ataque alemán a la URSS, el 22 de agosto de 1942. Stalin no le creyó, lo consideró una provocación para destruir el pacto Ribbentrop-Molotov que necesitaba el Kremlin sostener para revertir su debilidad militar.

En cambio, el Generalísimo dio por bueno el informe de Sorge asegurando que Japón no iba a invadir Siberia, lo que permitió al Ejército Rojo enviar tropas frescas para las vitales batallas de Stalingrado y Kursk, que definieron a favor de los Aliados la Segunda Guerra.

Otro as del espionaje soviético fue Iosef G. Grigulevich, quien con pasaporte de Costa Rica llegó a ser embajador de ese país en Italia, el Vaticano y Belgrado, amén de integrar la delegación a la ONU, remitiendo al Kremlin informes de primer nivel sobre la política de la Santa Sede hacia el Este y Ucrania.

El israelí Eli Cohen fue uno de los más exitosos espías de los tiempos modernos. Cohen, nacido en Egipto, fue reclutado por la inteligencia militar israelí en 1960. Se le dotó de una identidad falsa como un árabe sirio, que volvía a Siria tras vivir en la Argentina. En 1961 viajó a Damasco: usando el apodo de Kamel Amin Tsa’abet, Cohen ganó con éxito la confianza de varios militares sirios y oficiales del gobierno, y envió mensajes de inteligencia a Israel por radio e incluso en persona. Su logro más famoso fue su viaje a las fortificaciones sirias de los Altos del Golán y llegar a escalones muy altos del régimen. En 1965, asesores militares soviéticos interfirieron sus comunicaciones de radio y fue ahorcado.

Cohen es honrado en el Museo Internacional del espionaje en Washington y Sorge, que fue fusilado en Japón, tiene un recordatorio en su tumba en Tokio.