Claroscuros de la razón populista

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Un libro ayuda a entender un fenómeno que se diseminó por la región en las últimas décadas: el populismo latinoamericano de izquierda. Escrita por Ernesto Laclau, la obra La razón populista saca al populismo de la marginalidad política y lo ubica como modelo capaz de ampliar las bases democráticas de una sociedad. La propuesta de Laclau es radicalmente contraria a las visiones más difundidas del populismo. En las más “diplomáticas”, es visto como una conexión directa entre un líder carismático y las masas, debilitando a la democracia representativa. Otras son más directas y clasifican a ese tipo de gobierno como nacionalista, antiliberal, asistencialista, demogógico e irresponsable. Laclau resignifica la idea del populismo, que pasa a ser una “forma de construcción de la política”, sin un contenido ideológico específico. O sea, puede ser de derecha o de izquierda, abarcando a los más heterogéneos levantamientos políticos. Ese fenómeno ocurre, argumenta, siempre que el pueblo se reúne en torno de demandas no atendidas –que pueden ser diferentes y circunstanciales, pero que pasan a tener una conexión entre sí por haber sido “abandonadas” por el gobierno– y pasa a enfrentar al poder constituido. Se crea una ruptura en el sistema, oponiendo el pueblo a las instituciones formales, donde se amparan las elites y las fuerzas conservadoras.

La llegada del populismo al poder representa el ápice del antagonismo entre esos dos campos. De allí, la oposición entre populismo e institucionalismo. En el primero, el movimiento es de ascenso de las masas excluidas a partir de cambios sociales y, en el segundo, es de bloqueo de las transformaciones a partir del mantenimiento de estructuras institucionales vigentes hasta entonces. En la visión de Laclau, la supremacía del populismo en Latinoamérica fue positiva para el continente, ya que, al asegurar la participación de la población en las decisiones políticas, fortalece a la democracia e impide que ésta sea reducida a un sistema administrativo tecnocrático influenciado por intereses económicos.

No se trata de una opinión desestimable. Nacido en 1935, en Buenos Aires, Laclau fue uno de los teóricos políticos internacionalmente más influyentes en actividad. Licenciado en Historia por la UBA y radicado en Inglaterra desde los 70, fue profesor emérito de la Universidad de Essex. En la institución, donde hizo su doctorado, fundó y dirigió el Programa de Ideología y Análisis del Discurso y el Centro de Estudios Teóricos en Humanidades y Ciencias Sociales, que se volvieron referencias internacionales en el área.

Fue fundador también y mayor exponente de la vertiente “teoría del discurso de la Escuela de Essex”. Junto a Chantal Mouffe, en 1985 publicó Hegemonía y estrategia socialista , libro considerado un marco de la teoría política de fines del siglo XX. La tesis central de la obra es la defensa de la idea de que las verdaderas transformaciones político sociales sólo son posibles a partir de la articulación entre diferentes demandas que, asociadas, componen un discurso. El corolario de esa articulación es lo que los autores llaman hegemonía, cuando una de las demandas articuladas pasa a desempeñar el papel de representación de las demás en la lucha contra uno o más enemigos comunes. La política, en la teoría de Laclau, se da por el antagonismo entre identidades discursivas que disputan la construcción del pensamiento hegemónico en una sociedad.

En La razón populista , esos argumentos son retomados a partir del antagonismo entre el pueblo –una identidad discursiva constituida por medio de la articulación de distintas demandas– y los poderosos.

–¿Por qué el populismo es visto frecuentemente como algo negativo?
–Es una visión difundida por los conservadores. No debemos tomarlo en serio. El populismo no es malo o bueno en sí mismo. Es una forma de construcción política, basada en la creación de una división en la sociedad por medio de demandas sociales. La interpelación de los poderosos por aquellos de la parte inferior de la pirámide social es la base del populismo. Significa una ruptura con el sistema, de ahí la división de la sociedad en dos campos.

–El populismo apunta a romper con las instituciones existentes en busca de cambios sociales. ¿Cuál es el límite de esos cambios? ¿No hay riesgo de retroceso democrático?
–No necesariamente. En algunos casos, el populismo puede ser una clara fuente de progreso social. En esas situaciones, el populismo puede reunir a los oprimidos, integrantes de la base de la pirámide social, independientemente de sus ideologías. Podemos clasificar a Mussolini y a Mao Tse-tung como populistas. Todo depende de cómo se construya la identidad del pueblo –que apoya al populismo.

–En Venezuela, la oposición acusa al gobierno de no respetar las instituciones, cambiar la Constitución...
–Sí, pero la Constitución fue alterada a partir del voto popular.

–La oposición acusa al gobierno de no respetar las instituciones y apuesta a derrocarlo, lo que es un ataque a las instituciones. ¿Tocar a las instituciones sin consenso no puede generar un ciclo sin fin de inestabilidad?
–La inestabilidad puede ser generada por distintas razones. Una de las posibilidades es la existencia de un régimen autoritario incapaz de ejecutar las demandas populares. O sea, no hay respeto al juego democrático. Las experiencias dictatoriales de Latinoamérica son ejemplos de alteración del orden institucional que no se basaron en valores democráticos.

–Tiene una visión crítica de los gobiernos basados en la tecnocracia y sobre la sustitución de la política por la administración. Pero, en un mundo complejo como el actual, los gobiernos ¿no dependen cada vez más de técnicos y herramientas tecnológicas para suplir justamente las demandas sociales?
–Al pensar en el espectro político, tenemos que pensar en dos extremos, que son imposibles en la realidad. De un lado está el institucionalismo y, del otro, el populismo. En el caso del populismo, está la apelación a las masas y su movilización. En el institucionalismo, está la canalización de las demandas por medio de mecanismos individuales y no de masa. Si se exagera con el institucionalismo, se termina en una tecnocracia, en la sustitución de la política por la administración. Es un resultado no democrático. Saint-Simon dijo que el gobierno de los hombres iba a ser reemplazado por la administración de las cosas. Estaba expresando la creencia en la tecnocracia. En Latinoamérica, el estado liberal fue creado en la segunda mitad del siglo XIX, pero ese sistema no representó a fuerzas democráticas progresistas, como ocurrió en Europa. El estado liberal en Latinoamérica fue la forma como las oligarquías locales organizaron una maquinaria clientelista. Los parlamentos eran un instrumento de poder de esas oligarquías. Así, cuando surgieron los movimientos de masas no comenzaron por medio de canales institucionales liberales. Por el contrario. En muchos casos, dictaduras militaristas antiliberales fueron los canales de expresión de demandas democráticas. Piense en el proceso ocurrido en Brasil, pasando por el levantamiento del Fuerte de Copacabana, la Columna Prestes, la Revolución de 1930 y el Nuevo Estado. Eso representó a nuevas fuerzas políticas que elevaban demandas democráticas, pero no por medio de canales institucionales liberales clásicos. Con el peronismo también fue así.

–¿Por qué el populismo en Latinoamérica es de izquierda?
–Hay una explicación. C.B. Macpherson (teórico canadiense) escribió que, al comienzo del siglo XIX, en Europa, el liberalismo y la democracia eran ideologías con distintas orientaciones. El liberalismo era una forma de organización aceptable. Y la democracia era un término peyorativo, como lo es hoy el populismo. La democracia se identificaba con el jacobinismo. Fue necesario un largo camino, con revoluciones, para que hubiera una combinación estable entre liberalismo y democracia. Hoy hablamos de liberalismo y de democracia como si fueran la misma cosa, pero no lo son. En Latinoamérica, esa laguna entre liberalismo y democracia nunca fue llenada por completo. Eso significa que hubo una dualidad en la experiencia democrática de masas. De un lado está la tradición liberal democrática. En ese caso, hay que pensar en aquellos que intentaron, en el siglo XIX, democratizar, por dentro, el sistema liberal. Del otro lado, está la tradición popular y nacionalista (la izquierda), que es otro camino para la democracia. Fue el camino seguido por Latinoamérica en el siglo XX. Ahora, por primera vez, tenemos la combinación de las dos tradiciones. Tenemos regímenes nacionalistas y populares en países latinos que no se oponen a las libertades que se arroga el estado liberal.

–Usted no ve en el proletariado a la clase destinada a provocar cambios sociales, como en el marxismo clásico. ¿Qué grupo podría asumir esa tarea?
–No creo que exista un grupo. Los cambios sociales no ocurrieron por la clase trabajadora, como previó el marxismo clásico. La idea de un sector depositario de los cambios sociales es algo que está siendo cuestionado de manera radical. Actualmente, tenemos que pensar en términos de articulación de pluralidades, en la articulación de objetivos de distintos grupos, constituyendo aquello que Gramsci llamó voluntad colectiva. Esa voluntad sustituyó el papel de las clases sociales en su visión tradicional. Grupos como los del Foro Social Mundial intentan crear una nueva voluntad por el cambio.

–¿Y el gobierno de Cristina?
–Lo veo, en general, de forma positiva. Es posible hacer críticas puntuales, pero, en líneas generales, Cristina y, antes, Néstor, avanzaron hacia una dirección progresista. La Argentina estuvo prácticamente quebrada, vinculada al Fondo Monetario Internacional, y tenía una abultada deuda externa. En los años de los Kirchner, el gobierno tomó actitudes importantes, como la nacionalización de las empresas (como la petrolera YPF, filial de la española Repsol). Y, en general, el país está mucho mejor de lo que estaba en 2003.

(c) Hora Zero, Porto Alegre. Traducción: Silvia Simonetti